Tornados: solo una comuna del Gran Concepción tiene un plan específico ante riesgo tornádico

29 de Julio 2026 | Publicado por: Diario Concepción
Fotografía: Cedida

Más de un siglo de registros evidencia la recurrencia de estos fenómenos en el Área Metropolitana, y solo Talcahuano los incorpora de forma detallada en su diseño comunal para emergencias.

El reciente tornado que afectó a la comuna de El Carmen, en la vecina Región de Ñuble, en medio de un sistema frontal que también dejó reportes de nubes tornádicas en Chillán Viejo, Bulnes y San Ignacio, tuvo un saldo de viviendas dañadas, árboles derribados y un amplio despliegue de equipos de emergencia. El episodio volvió a poner sobre la mesa un fenómeno que durante décadas fue considerado excepcional en Chile.

Durante años, la explicación fue difusa. Los tornados eran vistos como eventos aislados, con escasa investigación y registros históricos dispersos. Sin embargo, la creciente documentación de estos fenómenos y trombas marinas en el Biobío y el centro-sur comenzó a mostrar una realidad distinta: lejos de tratarse de episodios excepcionales, estos fenómenos han acompañado a la zona por más de un siglo.


Ese cambio de mirada no ocurrió de un día para otro. Fue el resultado de décadas de registros históricos, del mayor brote de tornados documentado en Chile en 2019 y de una serie de investigaciones que comenzaron a responder preguntas que durante años permanecieron abiertas.

2019 y la planificación posterior


En mayo de 2019, Chile registró el mayor brote tornádico documentado en su historia reciente. Entre el 30 y el 31 de ese mes se formaron siete tornados y trombas marinas en las regiones del Biobío y La Araucanía.

La sucesión de estos eventos terminó por confirmar que no se trataba de episodios aislados. Primero fue Los Ángeles. Al día siguiente, un tornado que se formó inicialmente como tromba marina ingresó por la costa de Talcahuano y atravesó la conurbación hasta Concepción, recorriendo cerca de 17 kilómetros en apenas 15 minutos y alcanzando intensidades compatibles con un EF-2 en parte de su trayectoria.


Pero el impacto del brote trascendió los daños materiales. También transformó la forma en que la meteorología chilena comenzó a estudiar estos fenómenos.


El paper The 30–31 May 2019 tornado outbreak in Chile, elaborado tras analizar los eventos registrados en Los Ángeles, Talcahuano y Concepción, concluyó que los tornados del centro-sur del país se desarrollan bajo condiciones distintas a las observadas en las Grandes Planicies de Estados Unidos: ambientes de baja energía convectiva, pero con una marcada cizalladura del viento, favorecidos por la interacción entre sistemas frontales, el océano Pacífico y la Cordillera de los Andes.

Ese trabajo abrió una nueva línea de investigación. A él se sumaron estudios como Historical tornadoes and waterspouts in Chile, que reconstruyó más de un siglo de registros de tornados y trombas marinas, revisó la clasificación de eventos históricos y confirmó que la Región del Biobío concentra una parte importante de los casos documentados en el país.


Ahora bien, con todo ese nuevo conocimiento disponible surgió otra interrogante: ¿ese aprendizaje logró incorporarse a la planificación de las comunas más expuestas? La revisión documental realizada por Diario Concepción encontró una primera respuesta: solo dos de las 11 comunas del Gran Concepción cuentan con un Plan por Amenaza Hidrometeorológica integral y solo una desarrolla el riesgo tornádico de manera específica.

Las comunas que disponen de este instrumento son Talcahuano y San Pedro de la Paz. Sin embargo, ahí terminan las similitudes.


En San Pedro de la Paz, el anexo concentra su análisis en inundaciones, anegamientos, remociones en masa y otros efectos asociados a sistemas frontales. Aunque aborda las amenazas hidrometeorológicas de forma general, no desarrolla el riesgo de tornados o trombas marinas como una amenaza específica: no analiza eventos registrados en la comuna, no identifica sectores potencialmente expuestos ni establece procedimientos diferenciados para este tipo de emergencias.

Talcahuano, en cambio, sigue un camino distinto. Su plan convierte el tornado en un eje de planificación. Además de definir el fenómeno e incorporar la Escala Fujita Mejorada, reconstruye el evento del 31 de mayo de 2019 desde su formación sobre el mar hasta su desplazamiento por la comuna.


A partir de esa experiencia identifica la trayectoria del fenómeno, cartografía las zonas afectadas, incorpora el tornado de 2022 como antecedente local y delimita los sectores con mayor exposición. Además, identifica infraestructura crítica, población expuesta, protocolos específicos de respuesta y una limitación central: la inexistencia de un sistema de alerta temprana capaz de anticipar la formación de un tornado.

La revisión evidencia que el conocimiento generado tras el brote de 2019 no se ha traducido de manera uniforme en la planificación comunal. Mientras Talcahuano incorporó el riesgo tornádico como un eje específico de su gestión de emergencias, en el resto de las comunas del Área Metropolitana las referencias siguen siendo escasas o meramente descriptivas.


Un fenómeno con más historia de la que parece

Realizar la revisión documental permite reconstruir una cronología de más de un siglo de tornados y trombas marinas en el Biobío y zonas cercanas.


Los antecedentes se remontan a fines del siglo XIX y se suceden durante todo el siglo XX y XXI, con eventos documentados en Lebu, Concepción, Isla Mocha, Arauco, Tirúa, Llico, Talcahuano, Penco y Los Ángeles, entre otras localidades. Más que una serie de hechos aislados, la evidencia muestra un fenómeno recurrente que acompañó el desarrollo de la región mucho antes de que existiera un interés científico sistemático por comprenderlo.

Los primeros antecedentes aparecen en 1888, cuando se documentó una tromba marina frente a las costas de Lebu.


Pero fue el 27 de mayo de 1934 cuando el fenómeno quedó definitivamente inscrito en la memoria penquista. Ese día, un tornado ingresó desde la desembocadura del río Biobío y atravesó Concepción pasando por el Cementerio General, la Plaza de la Independencia y la Universidad de Concepción hasta disiparse en el valle de Nonguén, destruyendo viviendas, arrancando techumbres, derribando árboles y provocando una de las emergencias meteorológicas más severas de su historia.

Su magnitud fue tal que, décadas más tarde, Gregorio de la Fuente inmortalizó el episodio en el mural Historia de Concepción, emplazado en la entonces Estación de Ferrocarriles —actual sede del Gobierno Regional del Biobío—, donde el embudo forma parte de la memoria histórica de la ciudad.


Daños que dejó el tornado de 1934 en Concepción / Foto: Museo Historia Natural de Concepción.

Lejos de convertirse en un hecho irrepetible, el tornado de 1934 fue seguido por nuevos registros a lo largo de las décadas siguientes. La cronología incorpora trombas marinas observadas frente a Isla Mocha en 1948, un tornado en Arauco en 1965, otro en Tirúa en 1973 y nuevos eventos en Llico durante la década de 1990, manteniendo una continuidad que rara vez formó parte de la discusión pública.


Ya en 1997, una tromba marina ingresó a Talcahuano y provocó daños en el borde costero. Doce años después, en 2009, un tornado volvió a manifestarse en el Gran Concepción, esta vez afectando a Penco. Ambos episodios siguieron ampliando una cronología que, pese a acumular registros durante más de un siglo, todavía era interpretada como una sucesión de hechos excepcionales y no como parte de un patrón regional.

Esa percepción comenzó a cambiar recién durante la última década. La recopilación de antecedentes históricos, sumada al brote de tornados de 2019 en el centro-sur del país y al nuevo tornado registrado en Talcahuano en 2022, terminó por consolidar una evidencia que durante años permaneció dispersa: el Biobío concentra una parte importante de los tornados y trombas marinas documentados en Chile.


Fue justamente el brote de mayo de 2019 el que marcó el verdadero punto de inflexión. No solo por la magnitud de los fenómenos registrados, sino porque impulsó una nueva etapa de investigación científica y abrió el debate sobre cómo las comunas debían prepararse frente a un riesgo que hasta entonces era visto como excepcional.