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Bioconstrucción: una opción sustentable que busca abrirse paso en el Biobío

Equipo Digital
Fotografía: CC
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Mientras el déficit habitacional continúa siendo uno de los principales desafíos para la Región del Biobío, distintas voces provenientes del mundo de la arquitectura y la construcción plantean que parte de la respuesta podría encontrarse en una práctica que durante décadas fue relegada por la industria: la bioconstrucción.

Aunque para muchos el concepto resulta aún desconocido, se trata de un sistema que utiliza materiales naturales disponibles en el entorno, como tierra, arcilla, fibras vegetales y madera, privilegiando procesos de bajo impacto ambiental y un diseño que busca integrarse al territorio.

Más que una técnica aislada, sus impulsores la describen como una manera diferente de comprender la vivienda, donde la eficiencia energética, el respeto por el medio ambiente y la utilización responsable de los recursos locales forman parte del mismo proyecto.

La Región del Biobío aparece como un escenario especialmente favorable para este tipo de edificaciones. La abundancia de arcillas de distintas características, la disponibilidad de fibras vegetales como el coligüe y la quila, además de la tradición constructiva presente en diversos sectores rurales, son factores que, según especialistas, podrían convertir a la zona en un referente nacional para el desarrollo de este tipo de soluciones habitacionales.

Miguel Millar conoce de cerca esa realidad. Hace casi dos décadas trabaja en bioconstrucción y, tras iniciar su camino en La Serena, ha desarrollado proyectos en diversas regiones de Chile y también en países como Argentina y Colombia.

CC.

Desde hace 14 años reside en la Región del Biobío, donde ha profundizado su trabajo con materiales propios del territorio.

A su juicio, uno de los principales atributos del Biobío es precisamente la riqueza de sus materias primas. Explica que pocas regiones reúnen una diversidad tan amplia de arcillas aptas para la construcción natural y una disponibilidad de fibras vegetales que, muchas veces, pasan desapercibidas para la industria convencional.

Millar sostiene que materiales como el coligüe y la quila han sido subvalorados en las últimas décadas, destinándose principalmente a usos agrícolas menores, pese a sus excelentes propiedades estructurales.

Creo que la bioconstrucción es una excelente alternativa, considerando la sobrecarga de contaminación que trae la construcción tradicional”, afirma.

El constructor recuerda que, durante siglos, las viviendas en Chile fueron levantadas con materiales obtenidos directamente del entorno inmediato. Las tradicionales casas de adobe constituyen, a su juicio, una muestra de ello, muchas de las cuales permanecen en pie pese a haber enfrentado terremotos y el paso del tiempo.

Por eso insiste en que la bioconstrucción no corresponde a una innovación reciente, sino a la recuperación de conocimientos ancestrales que fueron desplazados por materiales industrializados de rápida producción y comercialización.

Sin embargo, reconoce que el principal obstáculo no es técnico, sino cultural. A su juicio, todavía existe un fuerte prejuicio que asocia las viviendas construidas con tierra a la pobreza. “Ahí hay un estigma que hay que superar a nivel social”, sostiene.

Para Millar, esa barrera impide que muchas personas conozcan las ventajas que ofrecen estas edificaciones en términos de eficiencia térmica, confort y sostenibilidad. A ello se suma otro fenómeno que observa con preocupación: la proliferación de contenidos en internet que presentan la bioconstrucción como una actividad sencilla y completamente autodidacta.

Lejos de limitarse al mundo rural, asegura que estas técnicas pueden implementarse sin inconvenientes en zonas urbanas. Incluso plantea que Concepción presenta ventajas comparativas importantes debido a la cercanía de los materiales y a la calidad de las arcillas presentes en distintos sectores de la provincia y comunas cercanas como Santa Juana, además de otros territorios del centro-sur del país.

Pese al creciente interés que despierta este sistema constructivo, desde la Secretaría Regional Ministerial de Vivienda y Urbanismo del Biobío indicaron, ante la consulta de Diario Concepción, que hasta ahora no han desarrollado iniciativas de bioconstrucción.

Quien también ha encontrado en esto una forma distinta de entender el oficio es la constructora civil Bárbara Letelier Hidalgo.

Hace 11 años decidió dejar atrás las obras convencionales para dedicarse de lleno a este ámbito, una decisión que, según explica, estuvo motivada tanto por cuestionamientos al modelo productivo de la industria como por experiencias personales que marcaron su trayectoria profesional.

Letelier sostiene que la construcción tradicional reproduce una lógica donde el reconocimiento suele concentrarse en los cargos de mayor jerarquía, mientras el trabajo colectivo queda invisibilizado. A ello suma las difíciles experiencias que vivió como mujer ocupando puestos de responsabilidad en obras de gran envergadura.

“Bueno, en mi caso tiene que ver con varios factores que están relacionados principalmente con la crítica a la construcción convencional como sistema, a la forma en la que se trabaja”, relata en relación con el modelo económico y la fuerza de trabajo.

Agrega que, siendo joven y ocupando cargos directivos, debió enfrentar constantes conflictos de poder y situaciones de maltrato tanto de hombres como de mujeres dentro de las obras.

“La bioconstrucción funciona desde otra perspectiva, tiene una conexión tan grande, una cosmovisión podría decirlo con el entorno, con el territorio, con conectarse con el lugar donde lo desarrollas, que tiene otra forma de funcionar”, afirma.

Explica que cada proyecto comienza con una observación detallada del espacio a trabajar y de los materiales disponibles en el lugar. En vez de depender de insumos transportados desde largas distancias, la prioridad es aprovechar los recursos existentes, reduciendo considerablemente la huella ecológica de cada construcción.

Bárbara Letelier | Registros de uno de sus proyectos.

La profesional reconoce que se trata de un trabajo exigente desde el punto de vista físico y altamente artesanal, pero destaca que precisamente esa característica favorece la labor colaborativa y permite una participación equitativa de géneros.

Visión desde la academia

Desde el ámbito académico, el arquitecto Rodrigo Pérez, de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Geografía de la Universidad de Concepción, coincide en que el principal desafío para la expansión de la bioconstrucción no radica en las condiciones climáticas del Biobío, sino en un problema de conocimiento y percepción social.

“El tema pasa más por un problema cultural y de desconocimiento que por un tema climático”, señala. A su juicio, con el paso del tiempo se ha perdido buena parte de la cultura constructiva tradicional y se ha instalado el prejuicio de que construir con tierra significa levantar viviendas precarias o de baja calidad.

Pérez explica que esa percepción desconoce la existencia de diversos sistemas constructivos que han demostrado un excelente desempeño estructural.

Entre ellos menciona la quincha, una técnica cuya estructura principal está compuesta por madera y cuyos rellenos de fibras vegetales y revoques de tierra estabilizada le permiten un comportamiento antisísmico y un desempeño térmico superior al de muchas soluciones convencionales.

Respecto del adobe, reconoce que posee limitaciones para ciertos programas habitacionales, especialmente en viviendas sociales, debido al espesor de sus muros, lo que reduce la superficie útil construida.

Sin embargo, aclara que ello no representa una desventaja para toda la construcción con tierra, ya que existen alternativas como la quincha, cuyos espesores son similares a los de la albañilería tradicional y ofrecen mejores prestaciones térmicas.

Para el académico, la denominación de “construcción tradicional” incluso merece una reflexión distinta.

“Para mí la construcción tradicional es precisamente la que ahora denominamos bioconstrucción”, sostiene, recordando que durante siglos las comunidades edificaron utilizando los materiales disponibles en su entorno inmediato.

Entre las principales ventajas de estas técnicas se menciona la reducción del gasto energético asociado al transporte de materiales, la disminución de emisiones durante el proceso constructivo y la utilización de elementos biodegradables que, una vez concluido su ciclo de vida, pueden reintegrarse al suelo sin generar residuos permanentes.

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