En las frías mañanas de invierno en Coronel, Daniela Riquelme se enfrenta a una decisión que, aunque cotidiana, revela una realidad mucho más profunda.
“Hace poco empecé a escuchar el concepto de pobreza energética y, la verdad, sentí que describe exactamente lo que vivimos en mi casa, pero sin saber que tenía un nombre”, relata. En su hogar, como en muchos otros de la Región del Biobío, el frío no solo se combate con esfuerzo, sino también con sacrificios económicos que tensionan el día a día.
La experiencia de Daniela no es aislada. En su relato, describe cómo durante los meses más duros del año deben optar entre calefaccionarse adecuadamente o lograr que el dinero alcance hasta fin de mes.
La leña, pese a ser la alternativa más accesible, muchas veces está húmeda, lo que genera humo y afecta la salud de su familia, especialmente la de sus hijos. A esto se suma una vivienda con escasa aislación térmica, donde el calor se pierde rápidamente.
Lo que antes parecía un problema doméstico, hoy adquiere una dimensión estructural. “Ahora entiendo que esto no es solo un problema personal, sino algo más grande”, reflexiona.
Una situación similar vive Luis Sanhueza, de 58 años, residente de Los Ángeles. Durante años enfrentó dificultades para mantener una temperatura adecuada en su hogar sin tener claridad de que formaba parte de un fenómeno mayor.
“Yo no conocía el término pobreza energética hasta hace poco, pero cuando lo explicaron, me hizo mucho sentido”, comenta.
En su caso, la necesidad de calefacción es aún más relevante debido a su condición de adulto mayor. Sin embargo, los costos de la electricidad y otras fuentes energéticas limitan sus opciones, obligando muchas veces a soportar el frío o utilizar lo mínimo indispensable.
Luis también advierte que el problema no se limita al invierno. En verano, las altas temperaturas convierten su vivienda en un espacio difícil de habitar, sin contar con sistemas adecuados de refrigeración.
Esta dualidad climática intensifica las condiciones de vulnerabilidad, generando incomodidad constante, impactos en la salud y gastos acumulativos que afectan su calidad de vida. Según señala, comprender el concepto de pobreza energética le permitió dimensionar que su situación no es única, sino parte de una realidad compartida por muchos.
¿Qué es la pobreza energética?
Detrás de estas historias se encuentra un concepto que ha cobrado creciente relevancia en el debate público. La pobreza energética se ha transformado en un elemento clave para avanzar hacia mayores estándares de sustentabilidad, en sintonía con los desafíos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y las exigencias de justicia social en un contexto de cambios globales. No se trata únicamente de acceso a energía, sino de las condiciones en que esta se obtiene y utiliza.
La doctora en Energías de la Universidad de Concepción (UdeC), María De Armas Echavarría, explica que “es una condición en la que un hogar no puede acceder o costear servicios energéticos básicos, como calefacción, iluminación, cocción o refrigeración, en forma adecuada para vivir dignamente”.
Esta definición permite comprender que el problema no solo radica en la disponibilidad de energía, sino en su calidad, costo y adecuación a las necesidades de las personas.
En la Región del Biobío, esta problemática adquiere características particulares. El doctor Ricardo Barra, director del Centro Eula y académico de la Facultad de Ciencias Ambientales de la UdeC, advierte que se trata de una realidad estructural que afecta a un número significativo de hogares.
Según plantea, esta condición se manifiesta principalmente en la dificultad para acceder a energía suficiente, limpia y segura a un costo razonable.
Barra detalla que factores como la baja eficiencia térmica de las viviendas, los ingresos limitados y los altos costos de fuentes energéticas alternativas a la leña agravan la situación. Durante el invierno, el uso intensivo de biomasa, muchas veces de mala calidad, no solo impacta el presupuesto familiar, sino que también contribuye a la contaminación atmosférica.
Este fenómeno afecta especialmente a familias de menores ingresos, adultos mayores y comunidades rurales, generando un círculo de desigualdad que tiende a perpetuarse.
A este escenario se suma el impacto del cambio climático, que según el académico está intensificando la pobreza energética en la región. Invierno más fríos y húmedos aumentan la demanda de calefacción, mientras que veranos más calurosos incrementan la necesidad de refrigeración.
Este doble efecto ejerce presión sobre los sistemas energéticos e hídricos, traduciéndose en mayores costos para los hogares más vulnerables.
Realidad del Biobío
Aunque el Biobío cuenta con capacidades técnicas, académicas e institucionales relevantes, Barra advierte que existe una brecha importante entre estas capacidades y su aplicación efectiva en los territorios.
La falta de articulación entre políticas públicas en áreas como energía, vivienda, medio ambiente y salud dificulta una respuesta integral al problema. En ese sentido, plantea que la preparación actual resulta insuficiente, especialmente a nivel local.
Frente a este panorama, el desafío de avanzar hacia una transición energética justa se vuelve urgente. El especialista subraya la necesidad de implementar medidas concretas, como acelerar los programas de mejoramiento térmico de viviendas, particularmente en sectores vulnerables.
La eficiencia energética aparece como una de las herramientas más efectivas para reducir la pobreza energética, al disminuir la necesidad de consumo sin afectar el bienestar de los hogares.