¿Quién no ha olvidado dónde quedaron las llaves o el celular, un nombre, o algo que iba a buscar, comprar o decir? Probablemente toda persona ha experimentado una situación así alguna vez y luego recuerdan, habiendo quienes olvidan de forma más regular que otras o en contextos más complejos.
Y es que la memoria es multifactorial e individual e influye en el desarrollo, desenvolvimiento y bienestar integral. Por eso es normal tener olvidos a lo largo del ciclo vital, pero algunos escapan a la normalidad y pueden resultar más complejos y eso hace crucial saber identificar cuándo es esperable o un problema que requiera atención.
La capacidad
“La memoria no funciona como una grabadora perfecta”, sostiene el doctor Juan Pablo Betancur, neurólogo formado en la Universidad de Concepción y especialista en Clínica Biobío.
Tanto factores biológicos como emocionales y ambientales influyen, desde la capacidad personal determinada por la genética y etapa vital, hasta la calidad del sueño, atención, nivel de motivación, estrés, contexto en que se recibe la información o se realiza una acción a recordar, el estado de salud y uso de fármacos.
Al respecto, explica que la memoria necesita atención, y si la atención está fragmentada en distintas tareas o estímulos se complejiza el registro de la información. Además, en estados de sobrecarga y estrés es más fácil tener olvidos, aunque se pueden recordar después.
“Muchas veces lo que las personas interpretan como mala memoria en realidad corresponde a fallas de atención o a sobrecarga mental”, plantea.
Para profundizar expone que en niños y adolescentes puede haber olvidos relacionados a inmadurez atencional, dificultades de organización, sueño insuficiente, ansiedad, exceso de pantallas, problemas del aprendizaje o emocionales.
“En adultos jóvenes y de mediana edad los olvidos suelen relacionarse con estrés, multitarea, falta de sueño, sobrecarga laboral, ansiedad o agotamiento”, añade.
Y con el envejecimiento en personas mayores se va generando un declive en el procesamiento cognitivo que genera mayor demora para recordar un nombre, una palabra o un dato.
También hay personas con mejor y peor memoria. “Algunas tienen mejor memoria verbal, otras mejor memoria visual, otras recuerdan mejor rostros, nombres, lugares, fechas, datos autobiográficos o información práctica. Y una persona puede ser más olvidadiza desde siempre y estar dentro de la normalidad, siempre que sea estable, no progresivo y no afecte significativamente su funcionamiento”, sostiene el doctor Betancur.
¿Esperable o preocupante?
Justamente, asegura que “lo esperable es que los olvidos sean ocasionales y no progresivos, no interfieran significativamente con la vida cotidiana y mejoren con descanso, organización o reducción de la sobrecarga. Lo preocupante es que los olvidos sean frecuentes, progresivos o afecten la autonomía de la persona”.
Allí se estaría frente a un problema grave o patología que requiera atención. El neurólogo dice que es común y no necesariamente significa enfermedad de memoria el olvidar nombres, dónde se dejó algo, por qué se entró a una habitación, detalles de una conversación, tareas pendientes o datos recibidos mientras se hacían otras cosas.
“En cambio, guardar objetos en lugares extraños, no poder reconstruir los pasos, repetir constantemente la misma pregunta o no recordar conversaciones recientes importantes puede ser una señal de alerta”.
También releva a la conciencia del problema: “en cuadros de estrés o ansiedad la persona nota los olvidos y suele estar muy preocupada, pero en algunas enfermedades neurodegenerativas puede haber menor conciencia del déficit y muchas veces es la familia quien nota primero que algo cambió”.
En enfermedades que pueden afectar la memoria destaca demencias neurodegenerativas como Alzheimer, accidentes cerebrovasculares, traumatismos encefalocraneanos, epilepsia, tumores cerebrales, infecciones del sistema nervioso, enfermedades autoinmunes o inflamatorias, trastornos del sueño, depresión, ansiedad severa e hipotiroidismo. También pueden afectar el déficit de vitamina B12, consumo problemático de alcohol y ciertos medicamentos.
Diversas repercusiones
Aunque hay olvidos esperables y no patológicos, siempre pueden existir repercusiones que dependen de la intensidad y etapa de la vida.
El neurólogo Juan Pablo Betancur plantea que en niños y adolescentes las dificultades de atención y memoria pueden afectar los aprendizajes, el rendimiento académico, la autoestima y los vínculos.
En la adultez los olvidos podrían afectar la productividad en el trabajo, la toma de decisiones, la seguridad, la vida personal, y aumentar el estrés y ansiedad.
“En adultos mayores los olvidos pueden generar preocupación, temor a desarrollar demencia, dependencia progresiva si existe una enfermedad de base, conflictos familiares o aislamiento”, plantea.
Además, advierte que si los olvidos se deben a estrés, falta de sueño o agotamiento, suelen acompañarse de fatiga, irritabilidad, insomnio, dificultad para concentrarse y sensación de saturación mental. “Cuando se deben a una enfermedad neurológica pueden comprometer la autonomía, manejo de dinero, medicamentos, desplazamientos, tareas domésticas y seguridad personal”.
Señales para consultar
Los riesgos de los olvidos dependen de la causa, y cuando se trata de algo reversible o controlable lo más complejo es no detectar a tiempo y dejar que sigan progresando y afectando. Por eso es crucial saber cuándo consultar.
Cambios en la capacidad de memoria, y progresión e impacto funcional de los olvidos determinan la necesidad de recibir evaluación médica, idealmente de neurólogo.
El doctor Betancur sostiene que un olvido se considera esperable y no preocupante en personas de distinta edad si es ocasional y aparece en contextos de distracción, cansancio o estrés y la persona recuerda después, no progresa y no afecta su independencia.
“Es preocupante cuando los olvidos son frecuentes, progresivos, afectan información reciente importante, interfieren con el trabajo o la vida diaria”, advierte. Y releva que la pérdida de memoria que interrumpe la vida cotidiana no debe considerarse parte normal del envejecimiento.
Y hay diversas señales de alerta.
Sobre ello expone que se debe consultar si una persona reitera muchas veces la misma pregunta o conversación, olvida hechos recientes importantes y no recuerda después, se desorienta en lugares conocidos, presenta problemas persistentes para encontrar palabras o seguir conversaciones, pierde objetos sin poder reconstruir dónde quedaron, y comete errores laborales nuevos y repetidos.
También es necesario cuando se evidencian dificultades nuevas para manejar dinero, medicamentos, recetas, tecnología o trámites, o para realizar tareas habituales; y si hay cambios de personalidad, apatía, irritabilidad, desinhibición o pérdida de juicio.
“Se debe consultar con mayor urgencia si el problema aparece de manera brusca o se acompaña de debilidad, alteración del lenguaje, confusión aguda, fiebre, cefalea intensa, convulsiones, traumatismo reciente o compromiso de conciencia. En esos casos puede haber una causa neurológica o médica aguda”, enfatiza.
Y asegura que el especialista podrá determinar si se trata de olvidos esperables, fallas atencionales por estrés o agotamiento, deterioro cognitivo leve, una demencia inicial u otra enfermedad neurológica o médica que esté afectando la memoria.